martes, 27 de enero de 2009

El peñón

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El sendero era empinado, bordeado de arbustos polvorientos y espinas. Levantábamos tierra suelta a cada paso. Con vos yo descubría el camino más largo entre dos puntos. Lo fácil se hacía aventura, ese era tu truco.

Esa tarde trepamos por las rocas todavía tibias y nos sentamos en la punta del peñón. Había poco espacio, casi nos rozábamos. El horizonte estaba anaranjado pero el cielo tenía todavía un celeste intenso. Nunca había visto tanta nitidez en el perfil de los cerros, del otro lado del lago. No había viento, ni sonido. Ni distancia, ni aire. En lo alto una nube muy chica se formó, se disolvió y volvió a formarse y disolverse. Me tocaste el hombro sin hablar para señalármela. Yo ya la había visto. A los dos nos pareció una señal y no nos habrían extrañado señales mayores. Se podían abrir las aguas del lago o un tornado barrer la orilla de enfrente. O sentir que, levitando, los dos nos disolvíamos en el espacio. Nada nos habría sorprendido. No recuerdo lo que nos dijimos o si nos dijimos algo, pero creímos pensar lo mismo hasta que el negro fue ganando sobre el dorado y bajamos con las piernas entumecidas.

Seguimos el camino de la península hacia la ruta. La noche era muy oscura. Había ruidos de campo y un olor seco a rosa mosqueta, que toda mi vida, después, relacionaría con el verano en Bariloche, con vos, con la felicidad inmóvil.

lunes, 12 de enero de 2009

Sigue encadenado

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(…)
El loco de mi vecino me tenía encadenado a la pata de su cama. La cadena era de diez eslabones bastante grandes. Los conté varias veces mientras los usaba para rezar el rosario como me enseñó mi vieja. Era una cadena pesada que este tipo debió haber encontrado en el puerto. Uno de los eslabones decía GBR-10Oz. No sabía lo que significaba, pero pensar en esas cosas y otras por el estilo era lo que me mantenía con esperanzas o tal vez eran los rezos.
En el extremo de la cadena unos grilletes oxidados sujetaban mis manos y mis pies. Después de una semana de estar preso, tenía las muñecas y los tobillos lastimados. El loco me tenía amordazado y me ponía un cuchillo en la garganta mientras me daba de comer esa basura blanda y fofa que el mismo comía: una pasta seca con gusto a maní y a humo. Cuando quería hacer pis o caca le hacía una seña y me alcanzaba una palangana de lata. No dejaba que me limpiara. Tenía todo el culo paspado.
(…)
Cada tanto le agarraba la locura y me entraba a patear como cuando me encontró en el galpón oliendo esa caja de porquería. Ya vas a ver, me las vas a pagar, me decía todo el tiempo. Al principio sus golpes me hacían llorar y con gemidos le pedía que parara. Después me empecé a reír porque me di cuenta de que eso le sacaba las ganas. Hace días que le perdí el miedo. Si hubiera querido matarme ya lo hubiera hecho hace rato.
(…)
El otro día, cuando desperté, me estaba mirando desde un rincón de la habitación. Estaba todo oscuro. Sus ojos brillaban y se movían de un lado al otro. Tenía algo en sus manos, un palo o un hueso largo y una lata con manija. Cada tanto hacía un chasquido o puteaba y tironeaba de la cadena para hacerme doler. De pronto, le agarró la locura. Me la vas a pagar, culiado hijo de puta, me dijo y se levantó para pegarme. Metió un puntapié en mis costillas que me dejó sin aire. Ya encontré a la señalada, me susurró, vas a tener que sacarle su olor y si lo hacés bien, te juro que te suelto.
(…)

viernes, 9 de enero de 2009

Universal

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Estaba parado en un bar libre de humo con la vereda llena de gente fumando cuando vi en la pared que tenía en frente la figura del camello más famoso, ese que supuestamente tiene a un tipo meando en una pata, con una frase debajo que me resultó contundente: "El fumar es perjudicial para la salud".

Caí en la cuenta de que pocos productos publicitados tienen un eslogan en común; ninguno uno tan bueno. Si los remedios advierten ("ante cualquier duda, consulte a su médico"), las bebidas alcohólicas reprimen y segregan ("Prohibida la venta a menores de 18 años"). En cambio, lo que comparten los avisos y paquetes de cigarrillos es una máxima válida para todo el mundo, que apela a una pulsión vivida por todos, la de muerte.

Salí a la vereda con estas ideas medio revueltas, todavía como revelación o esbozo, ya sabiendo que algo iba a escribir, y vi muchas manos cuyos dedos apretaban cigarrillos, risas y palabras dichas entre humo, ¿me das fuego?, parado ahí, hasta que la ropa se impregnó por completo.

viernes, 2 de enero de 2009

Tomates en sartén de hierro

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La bolsa es una y de color celeste. La apoyo en la mesa y se inclina a un lado, es que los paquetes envueltos con papel no se mueven en equipo. Así que la cebolla de verdeo sobresale mostrando sus puntas flexibles, las cabezas de ajo quedan en el fondo y los tomates a la izquierda, haciendo contrapeso.

Ojala que llegue temprano, tengo muchas ganas de verla.

El aceite de oliva reacciona en el sartén caliente, hay una emanación casi mediterránea que no anulo con el estractor de aire. Para estos casos uso sartén de hierro: la base está negra por el fuego de hornalla, las asas gastadas y es díficil moverla, pero tiene historia, es herencia y me conecta con la gente que la usó antes.

Es hasta parecida a la que tiene su mamá, la usa para cocinar guisos cuando se reune toda la familia.

Lo primero en caer es el ajo, cortado en láminas, me gusta que se vea, le sigue la parte blanca del verdeo y los tomates perita picados. Revuelvo con la cuchara de madera y en la cocina se instala definitivamente el olor a salsa. Dejo que se haga despacio, con tiempo, hay que seguir pasos, cumplir un proceso de cocción.

A veces me dice que cocino demasiado la salsa, pero a mi me gusta fuerte, me gusta espesa.

De las macetas del patio arranco hojas de albahaca, una ramita de romero y salvia. Cuando me vine a vivir acá, planté hierbas aromáticas en macetones rojizos. Están contra la pared para que les de sol. A la tarde les doy agua con una regadera de zinc.

Dice que le va a pintar una flor, grande y naranja, lo dice como si pensara que no se lo voy a permitir. Por mi que pinte la regadera y todas las paredes.

Vuelvo a entrar a la cocina siguiendo el movimiento de la puerta mosquitero. Vino con la casa, no la cambio aunque raspe el piso cuando cierra. Desde la entrada veo el vapor de la sartén, agrego los ajíes secos, que dejé hidratándose en un recipiente con agua. Ella los trajo de méxico. Tienen un tono oscuro, sanguíneo, y ella dice que los riegan con pólvora, sino no se explica como son tan picantes. Separo dos, dejo a un costado las semillas y los echo al centro de la base de tomates. Le gusta la comida picante.

La cacerola ya está en la hornalla, a fuego lento, le dije que viniera a la 1, pero los domingos hay menos colectivos que los días de semana y si anoche fue a bailar hoy se levanta más tarde. Estoy pensando en el viaje que le toca cuando suena el timbre.

Camino hasta la puerta de entrada, apoyo la mano en el picaporte y por debajo de la puerta, desde afuera, me llega algo de su olor, algo de su perfume.

Jonas Gómez

jueves, 1 de enero de 2009

Encadenado

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Mi vecino guarda cosas que encuentra en la calle. Sale todas las mañanas con su carro a cuestas y vuelve a media tarde. A veces trae el carro lleno; otras veces, no tanto. Su casa tiene al fondo un gran galpón con techo de chapa que ocupa todo el ancho del terreno y mide como cuarenta metros de profundidad, hasta el corazón de la manzana. Allí, según supe, clasifica y ordena las cosas que lleva.
(…)
Esperé a que saliera. Escuché sus ruidos. Me aseguré de que se hubiera ido, puse una escalera contra la pared y me mandé por arriba de la medianera caminando como gato. Al final del galpón, encontré un hueco por donde pude bajar. Usé la última columna como escalera, empujé una chapa con un pie hasta que se dobló lo suficiente y me dejó entrar. Al principio no veía bien. Una luz difusa entraba por tres claraboyas pequeñas que tenían los vidrios muy sucios. Después de un rato pude ver dónde estaba. Era un bosque de estanterías metálicas colocadas en hileras; nueve hileras de unos cuatro metros de alto que ocupaban toda la longitud del galpón.

Los estantes estaban rotulados con letras y números en una especie de código. En los estantes había de todo: cabezas de muñecas, ruedas, marquillas de cigarrillos, botellas, (…) Me topé con una caja que parecía un costurero. Tenía un dibujo casero en la tapa: un mago con galera sostenía un conejo con una mano. El hombre usaba un bigote finito y me miraba con unos ojos pícaros. Por un momento me pareció que me había hecho un guiño. Un cartel en letras rojas cruzaba la tapa: “Todos los Olores”. La agarré con ambas manos. Era más liviana de lo que parecía. La observé por todos lados: tenía una trabita de metal para levantar la tapa. No pensé y la abrí.

Adentro había sobrecitos de papel con etiquetas escritas a máquina. Cada una indicaba un olor distinto. Pasé los dedos. “Azucena”, “Bife”, “Gladiolo”, “Humo”, “Libro”, “Mercado”, “Orégano”, “Pescado”, “Plasticola”, “Sopa” (…) Con mucho cuidado tomé el sobrecito que decía “Mamá” y lo abrí. Mi mamá no olía así. Era como ajo, aceite, perfume floral y leche, todo mezclado, pero se podía distinguir cada uno. Igual, de alguna forma, me hizo acordar a mi mamá. Un recuerdo empezó a seguir a otro y a otro y otro. Creo que me dormí o me desmayé. Tuve un sueño muy real, con mi vieja, en la casa de Palermo y mis hermanos y también estaba mi viejo. Estábamos comiendo milanesas con puré. Había un sifón de vidrio y un jugo para diluir. La tele era blanco y negro, estaban pasando una película de Tarzán (…)

Sonaba el timbre y me mandaban a atender. Pero yo no quería ir, hasta que mi papá ponía esa cara de o vas o te mato y fui. Era mi vecino, el vecino del galpón. Estaba muy enojado. Me agarró del cuello y me decía qué hiciste hijo de puta, por qué tocaste esa caja. Me desperté en el piso, debajo de una estantería. El vecino no dejaba de patearme.
(…)

martes, 30 de diciembre de 2008

De otro planeta

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Me acuerdo cómo fue que llegué en esa tintorería. Estaba dando vueltas con el traje hecho una pelota adentro de una bolsa, lo necesitaba rápido y fue el primer lugar abierto que encontré. Me atendió un pibe joven, simpático, que me lo prometió para la mañana siguiente. Cuando estaba saliendo escuché: “Mancha de pizza”. Me di vuelta: el pibe estaba en el mismo lugar, completando un formulario, con mi traje sin sacar de la bolsa.

–¿Cómo adivinaste? –le pregunté.

–¿Qué cosa, señor? –contestó.

–Lo del traje, que está manchado de pizza.

–Yo no dije nada.

–Ah, perdón, me habrá parecido –dije, y salí sin prestarle mucha atención.

Al día siguiente me entregaron el traje perfecto y me olvidé del asunto, hasta que un par de meses después se me rompió el lavarropas y tuve que volver. El empleado me reconoció y me saludó cordialmente; recibió las cosas y me dijo que pasara el día siguiente, después del mediodía, que seguro ya iba a estar todo listo. Mientras me preparaba un recibo miré el lugar: de la entrada hasta el mostrador no había más de dos metros; de allí hacia atrás, una hilera de lavarropas y otras máquinas que se estiraban hasta la oscuridad. Apenas una lámpara iluminaba el sitio, que aprovechaba una entrada vidriada con la inscripción “Tintorería Tsun” para alimentarse de luz natural. Guardé el papel que me entregó el chico, saludé y me fui. Desde la vereda escuché que alguien decía: “Un gordo, hincha de Boca, le gusta el vino”. Me estremecí. Miré hacia adentro; el chico estaba hablando por teléfono, el local estaba vacío y mi ropa había desaparecido del mostrador. Di la vuelta manzana y entré. Lo encaré de una:

–¿Qué hacés, viejo, que decís lo que hay en mi ropa?

–No entiendo lo que me dice, señor.

–Mirá, no te hagás el nabo. Hacé una cosa, devolvéme todo y no me vengo más por acá.

–Pero, ¿qué pasa?

Sin escucharlo, salté el mostrador y me metí entre las filas de máquinas, buscando mi ropa, si es que ya no la había puesto a lavar. El pibe me seguía al trote, gritándome “Cálmese, señor, cálmese”. Me tropecé con algo y empecé a putear. El chico me alcanzó y prendió una luz. Había un viejito chino (o coreano, o japonés, que sé yo) caído en el piso, con mi bolsa en la mano. Estaba cerrada.

–Perdóneme, es mi abuelo que me ayuda –me dijo el empleado.

–Malo –dijo el viejo–, tribunero, con esa bicicleta de morondanga.

–¿Qué? ¿Cómo sabe qué hay en la bolsa? –pregunté.

–Ah, no se preocupe –dijo el chico–. Mi abuelo quedó ciego hace años y dice que con el olor se da cuenta de qué hay en cada bolsa y que puede decirme cosas. Creo que está medio loco.

–Medio loco hay que estar para haber guardado tanto tiempo una remera de este muerto –dijo el viejo.

Velas a Balzac

lunes, 29 de diciembre de 2008

Energía y materia

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Diana se sentaba delante de mí en las clases de lógica. Me enamoré de su nuca, blanca y lisa, como de porcelana. Si ella movía la cabeza, yo respiraba su olor, a flor, a pasto, a bosque, a mar. Estaba enamorado de ese perfume lejano como un recuerdo. Diana era inmaterial. Recién al final del semestre me animé a hablarle y por una cuestión con un libro que yo tenía que prestarle, o ella a mí, me dijo que pasara al día siguiente por su casa.

Cuando me abrió la puerta de su departamento, creí entrar en una pecera llena de éter perfumado. Ahí adentro la luz caliente y sucia de la calle se convertía en aire liviano. No había casi muebles. Diana estaba vestida de claro, pantalones anchos y camisa blanca. Estaba descalza. Así debían ser los djinns de las mil y una noches. Trajo una bandeja con dos jarros y se sentó en un almohadón en un costado de la pieza. Me dijo que era té de rosas. Yo nunca lo había probado y se me ocurrió que el perfume misterioso de Diana debía ser el de ese té. Me senté en el otro almohadón y, como siempre que estaba frente a ella, no supe que decir.

De repente sentí el olor, inconfundible. Levanté un poco el pie izquierdo y miré mi zapatilla. Ahí estaba: una pasta amarillenta metida en el dibujo de la suela. Casi me da una arcada, de asco, de desesperación, era el final de todo lo que todavía no había empezado. No dije nada, me paré con cuidado y caminé hasta la puerta, pisando con el costado del pie para no ensuciar el piso de madera clara. Me saqué las zapatillas en la entrada y volví a sentarme con una sonrisa estúpida. Diana seguía sentada con las piernas cruzadas y la paz de una estampa japonesa.

Me alcanzó uno de los jarros, me lo acerqué a la nariz. Olí, buscando inspiración. Volví a oler. Con espanto me di cuenta de que el vapor de las rosas se mezclaba con otro olor, no el de recién, otro más sutil pero igual de inmundo: el olor a pie, mis pies, las cuadras que había corrido en el calor de la tarde. Me pareció que Diana fruncía la nariz. Pensé sacarme las medias, pero la imagen mis pies al lado de los pies descalzos de Diana, como recién salidos del mar, sus uñas nacaradas, era incongruente. Para alejarlos, me arrodillé y me senté sobre los talones. Era una posición absurda, incomodísima, ridícula. Las piernas se me acalambraron y el olor seguía ahí instalado, rodeándonos. Era el olor del jean, que no me cambiaba desde hacía días, el olor del morral, que arrastraba la mugre del colectivo, de la ciudad, de la fritanga del bar donde había almorzado a mediodía. Me tomé el té casi de un trago, apenas si le sentí el gusto, le dí el libro, o me lo dio, y me fui.

A Diana la perdí para siempre en las vacaciones. Desde entonces preferí enamorarme de chicas de carne y hueso.